Desaprender a escribir parte de una convicción: que escribir bien no siempre significa escribir más, sino muchas veces deshacer lo que ya sabemos hacer, soltar los automatismos y volver a mirar desde otro lugar.
Aprendemos de los escritores, no sobre ellos. Tomamos textos de la tradición —de la Edad Media, el Romanticismo, el Siglo XX— y los desarmamos con un ojo específico: el de quien quiere entender cómo están hechos para poder, desde ahí, construir su propia escritura.
Como decía Ricardo Piglia: "Todo escritor trabaja con lo que ya fue escrito." Si eso es cierto —y creemos que lo es— entonces la voz propia no aparece por talento ni por originalidad, sino por lectura. No cualquier lectura: una que aprende a ver las fórmulas, los procedimientos, el ritmo, la atmósfera. Una vez que aprendemos a leer la escritura ajena, podemos construir la nuestra.